22 de Junio de 1986: Maradona, fútbol y política

Según Max Weber, el carisma es la cualidad extraordinaria de una personalidad, en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas extracotidianas, enviadas por Dios y por ende quien lo posee será caudillo, líder, guía, en el plano de los profetas, salvadores y héroes (Weber, 1996). La confianza por parte de quienes le siguen se mantiene por la corroboración de sus cualidades carismáticas milagrosas. Se trata de una entrega “plenamente personal, surgida del entusiasmo o de la indigencia y la esperanza” (ídem, p.194).


La dominación legítima carismática supone un proceso de comunicación de carácter emotivo, en afinidad con las masas populares. Se opone a lo racional legal / burocrático y tradicional, adoptando un sentido revolucionario y hasta religioso / mágico. Si bien no renuncia a la propiedad y el lucro, rechazaría en cierto modo la pretensión económica.

En su matriz revolucionaria, el carisma puede ser una variación de la dirección de la conciencia y de la acción frente al pasado o a la vida en general. 

Aristóteles hablaba del animal político, como el sujeto que formaba parte de la polis y que, por ende, estaba envuelto en la comunidad política (Aristóteles, 1993). Diego Armando Maradona, aquel a quien algunos reducen a un mero jugador de fútbol (como si fuera poco, el mejor que la humanidad ha conocido) nunca se ha desligado de su politicidad ni de su ideología. En ese sentido, Nicos Poulantzas dirá que la ideología no es solamente un sistema de ideas o representaciones, sino también una serie de prácticas materiales que se extienden y vinculan con las prácticas sociales (que incluyen las políticas y económicas). No es algo neutro, ya que solo existirá la ideología de clase, mientras que, justamente, la ideología dominante consiste en un poder esencial de la clase despótica alegórica (Poulantzas, 2005). 


Ahora bien, el Estado Capitalista no puede ser aislado de la historia de su constitución colonial y su reproducción, ni de sus luchas políticas. En ese aspecto, Maradona ha sido un individuo, que ejercía de futbolista, y que no titubeaba al encolumnarse como “peronista”, “castrista”, “guevarista”, “palestino”, “villero”, “correntino”, “bostero”, “napolitano”, “cristinista”, “negro” (sí, estamos utilizando cada uno de esos términos como conceptos identitarios, pues lo son). Tal líder carismático y político, se emparentará con las masas populares mediante equipos de fútbol puntuales, y capitaneando en circunstancias significativas. La más notoria sin dudas será el partido como capitán de la selección argentina contra Inglaterra en el Mundial de Fútbol de 1986 en el Estadio Azteca de la Ciudad de México. Ese 22 de Junio, Diego escribía dualmente su historia inmortalizándose como deportista y revolucionario.


En 1982, Argentina (que se encontraba bajo el régimen dictatorial militar más sanguinario de su historia, con aval de potencias extranjeras como Estados Unidos o Francia) luchó una breve y traumática guerra contra Inglaterra por la soberanía de las Islas Malvinas. Estas habían sido ocupadas en 1833 por el Imperio Inglés, post Independencia argentina, aunque con complicidad de los poderes oligárquicos locales. Pues, a diferencia de lo que se ha intentado inculcar, la historia oficial nacional ha sido falseada en más de una oportunidad por quienes tenían los medios a su alcance. En ese aspecto, contar hoy con un presidente que manifiesta admirar a Margaret Thatcher es algo más bien congruente con el modus operandi de ciertos sectores y figuras que en nuestros libros de historia son descritos cual próceres nacionalistas. En palabras de Arturo Jauretche, se trata de una política de la historia que busca impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud de concebir y realizar una política nacional: “Se ha querido que ignoremos cómo se construye una nación, y cómo se dificulta su formación auténtica, para que ignoremos cómo se la conduce, cómo se construye una política de fines nacionales, una política nacional” (Jauretche, 2006, p.14).

La historia, como diría Benjamin, no es neutral, sino una recuperación selectiva y cargada de sentido político. El pasado no es una totalidad fija y cerrada, puede ser tergiversado, silenciado e incluso borrado. La memoria, resignificada desde el presente (especialmente en tiempos de crisis o amenaza), en su connotación política, se torna un campo de batalla que debería activar potencialidades reprimidas, en lugar de darle más espacio a voces oficiales y vencedoras que en pos de un supuesto progreso no hacen más que contribuir a la propagación de la destrucción capitalista (Benjamin, 2008).


Por su parte, en el pensamiento de Antonio Gramsci, la hegemonía opera no solo en lo político y económico, sino también en lo moral y cultural. Para él, el patrón de dominación burgués se mantendrá mediante herramientas como la educación o los medios de comunicación. El proletariado, a través del consenso, debe tomar el poder y fundirse ante un nuevo Estado para la creación de una nueva hegemonía (Albarez Gómez, 2016). En sintonía, la pasión, con la que tanto se asociará a Diego Maradona a lo largo de su vida terrenal, no será una emoción superficial, sino una fuerza vital y de compromiso con la transformación social, manifestada como conciencia crítica y activa frente a la realidad, por un futuro más justo y esencial para la acción política y la construcción de hegemonía cultural. 

La colonialidad, plasmada en esa Inglaterra pirata, es constitutiva de la modernidad. Tomando como referencia a autores como Castro Gómez (2005), y a Dussel (2000), podemos pensar en dos sentidos. En primer lugar, desde lo técnico, pues la dominación, la violencia y la conquista son ámbitos del ego moderno. Segundo, como teoría científica al establecer un “ellos” (América Latina) primitivo / bárbaro en contraposición a un “nosotros” avanzado / civilizado (Europa). Este doble mecanismo permitió a Europa expandir su mercado y hegemonía de forma global durante siglos. Para Alcira Argumedo, también precisamos de la recuperación de las alteridades excluidas por miradas eurocéntricas, el reconocimiento del “otro” históricamente menospreciado y vencido para optar por una posición nacional y latinoamericana (Argumedo, 1992). Aquí, entonces, reaparece Maradona.


Cuando el 22 de Junio de 1986 se marca no uno, sino dos goles contra Inglaterra, humillándola y eliminándola del mundial, Diego no estaba con la pelota pensando solamente en pasar de ronda: estaba haciendo visibles nuevamente a “los pibes de Malvinas” y a una nación mutilada reciente e históricamente, donde las clases bajas (a las que pertenecían tanto Maradona como los que fueron a las Islas) caían siempre en la primera línea. De alguna manera, está proponiendo reescribir nuestra historia: la argentina, latinoamericana y la de los sures globales, plantándose ante los imperios colonialistas. No es menor decir, desde lo futbolístico, que el primer gol fue una trampala mano de Dios. El segundo, la mayor obra de arte que el deporte haya visto jamás. Podemos presentar, entonces, a Diego Armando Maradona, como: político, revolucionario, futbolista y artista. Todo eso, bajo un aura carismática insuperable.


Si bien Sartori pedirá no confundir las influencias de poder con tener el poder, además de distinguir cómo y dónde se genera el poder político del cómo y dónde se lo ejerce (Sartori, 1995), también dirán Freund (1968) y Schmitt (1984) que no existen revoluciones en lo político, sino revoluciones políticas, a la vez que la política no polémica no es tal. Donde exista la política, habrá relaciones de hostilidad bajo forma de guerra / enfrentamiento por hacer o evitar, una negociación por emprender, una paz o alianza por concluir. Esa idea de “amigo – enemigo”, relacionada generalmente a la política exterior, determina a la lucha, y refiere a la conservación y desaparición. Sin entrar en comparaciones que puedan parecer extremas, pensar ese partido en el Estadio Azteca como lo que fue, un evento revolucionario además de un show deportivo, también contribuye a comprender el por qué de la figura maradoniana encarnando al líder que guía a su pueblo en un enfrentamiento del que saldrá victorioso gracias a su carisma, inteligencia y cualidades divinas. Sumemos, de ser así, a la oración del párrafo anterior que, Diego Armando Maradona, fue: político, revolucionario, futbolista, artista, líder y D10S.


Para la moral aristotélica, la felicidad es el bien que, cuando lo poseemos, nos hace independientes, y el hombre es independiente cuando posee todo lo necesario para su felicidad. A pesar de reivindicar la acción maradoniana como principalmente política, no es menor citar su importancia en la alegría social. Para una población golpeada, ese partido y posterior coronación en el campeonato futbolístico fueron un respiro entre tanta asfixia. A su vez, el hecho de que Maradona fuera en simultáneo líder y par, contemporáneo, reinterpretaba el ideal de dominación y separación, de mando – obediencia, que dividía lo civil del éxito: él lo colectivizaba. Diego se mostraba como el abanderado del pueblo y sus causas, porque él era ese pueblo. La vida humana es acción y son nuestras acciones las que nos hacen felices (Aristóteles, 1993).


Te quiero, Diego (Romero, 2000).



Bibliografía:
  • Albarez Gómez, N. (2016). El concepto de Hegemonía en Gramsci: Una propuesta para el análisis y la acción política. Estudios Sociales Contemporáneos, 152-162.
  • Argumedo, A. (1992). Los silencios y las voces en América Latina. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.
  • Aristóteles. (1993). Ética Nicomáquea. Libro primero. Planeta D'Agostini.
  • Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la Historia y Otros Fragmentos. Ciudad de México: Itaca.
  • Castro Gómez, S. (2005). La hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
  • Dussel, E. (2000). Europa, Modernidad y Eurocentrismo. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires: CLACSO.
  • Freund, J. (1968). La esencia de lo Político. Madrid: Norma.
  • Gramsci, A. (1980). Notas sobre Maquiavelo, sobre la Política y sobre el Estado Moderno. Madrid: Nueva Visión.
  • Jauretche, A. (2006). Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Ediciones Corregidor.
  • Poulantzas, N. (2005). Estado, Poder y Socialismo. Ciudad de México: Siglo XXI.
  • Romero, A. (2000). La Mano de Dios [Grabado por Rodrigo]. Argentina.
  • Sartori, G. (1995). ¿Qué es la Política? La Política. Lógica y método en las ciencias sociales. Ciudad de México: Fondo Cultura Económica.
  • Schmitt, C. (1984). El Concepto de lo Político. Ciudad de México: Folios.
  • Weber, M. (1996). Economía y Sociedad. Primera Parte. México: Fondo Cultura Económica.


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